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Jugando con Ko'hara

 En la Isla Kalari Jazahn observaba a su pequeña Ko'hara con una mezcla de alegría y asombro. El mar rompía suavemente contra las rocas, llenando el ambiente con un murmullo constante que acompañaba los latidos de la vida en ese paraíso natural. A su alrededor, los totems de los Loas vigilaban, pero en ese momento, la única deidad a la que Jazahn sentía necesidad de rendirle homenaje era a la pequeña criatura que jugaba a su lado.

 

 Ko'hara ya mostraba rasgos tanto de él como de K’tara. Su cabello, de un naranja pálido que recordaba al suyo pero más apagado, estaba entrelazado con finas mechas blancas.

 

 Él la observaba con orgullo mientras ella exploraba el mundo a su manera, moviéndose con una confianza inusitada para su corta edad. Aunque Ko'hara había nacido ciega, había desarrollado un sexto sentido impresionante. Sus manos pequeñas se movían por la arena con destreza, tocando y reconociendo las formas y texturas a su alrededor, mientras sus oídos, siempre atentos, captaban el más mínimo sonido.

 

—Baba… —dijo Ko’hara con esa voz suave y dulce que siempre lograba enternecer el corazón de Jazahn. Ella estiraba sus manitas hacia él, sabiendo exactamente dónde estaba a pesar de no poder verlo.

 

 Jazahn se inclinó, tomando las pequeñas manos de su hija entre las suyas. Las levantó y, con un suave giro, la hizo dar vueltas sobre sí misma mientras la niña soltaba una carcajada de pura felicidad.

 

—¡Más! —pidió Ko’hara, su risa aún resonando en el aire.

 

 El trol sonrió ampliamente, complacido de verla disfrutar de la vida con tanta intensidad. Se agachó hasta quedar a su altura y le acarició el rostro con cariño, admirando cada detalle de ella. Ko'hara inclinó su cabeza, como si escuchara algo a lo lejos. Jazahn sabía que, aunque sus ojos no podían ver, su hija tenía una forma única de conectarse con el mundo. Escuchaba con una agudeza que desafiaba la comprensión, sentía las vibraciones en el aire, e incluso los Loas parecían haberle otorgado una percepción especial.

 

—¿Qué escuchas, Ko'hara? —preguntó Jazahn con suavidad.

— Olas… pájaros —respondió la niña, sonriendo.

 

Jazahn rió, maravillado por la sensibilidad de su hija. Se sentó junto a ella en la arena, dejando que la brisa marina les acariciara el rostro. Ko'hara se acercó a su padre y, con un gesto tierno, comenzó a tocar su rostro, recorriendo con sus pequeños dedos cada una de las líneas que lo marcaban.

 

 La niña sonrió ante el contacto cálido y familiar, y luego se giró, sus manos tanteando el aire hasta que encontró uno de los pequeños tótems que Jazahn había tallado para ella. Era uno de los pocos juguetes que había hecho con sus propias manos: un pequeño Loa con forma de murciélago que Ko'hara había aprendido a reconocer al tacto. Ella lo sostuvo entre sus manos, explorando sus detalles una vez más, aunque ya los conocía de memoria.

 

 Jazahn sabía que ella solía buscar mucho ese juguete, imaginando que normalmente se imaginaría siendo un murciélago en pleno vuelo.

 

—Tal vez no puedas volar con alas, pero puedes hacer cosas que otros no pueden ni imaginar —le dijo, y en su voz había un toque de seriedad. Jazahn, como médico brujo totémico, había comenzado a notar ciertos destellos en su hija, un tipo de poder que aún no comprendía del todo pero que sabía que estaba creciendo dentro de ella. Algo en Ko’hara estaba despertando, y los Loas seguramente tenían algo que ver.

 

 Jazahn se inclinó hacia ella y la envolvió en un abrazo. Sentía el latido de su pequeña hija, su calor, su vida vibrante y llena de posibilidades. En ese momento, nada en el mundo parecía más importante que cuidar de ella, verla crecer y aprender, y proteger ese corazón puro que tanto significaba para él.

 

 Mientras las olas seguían rompiendo en la distancia y el viento arrullaba a los dos, Jazahn sintió algo más que solo el orgullo de un padre. Sintió la presencia de los Loas, vigilando desde las sombras, como si también estuvieran observando a la pequeña trol que, ciega ante el mundo, veía más allá de lo que cualquiera pudiera imaginar.